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SAUCE ESPEJO
Por Mariano Mayer
¿Qué queda de aquello que miramos con mayor o menor intensidad a lo largo del día? Formular la respuesta del lado de los procesos artísticos descubre que aquello que conforma al arte no es otra cosa que su interacción con el mundo conocido. Si el arte actúa como un decantador, como un productor de experiencias a partir de elementos existentes va a ser la realidad la encargada de producir la imaginación. Pero como indicó el poeta Wallace Stevens, por carta, a unos de sus críticos: “no crea sino al transformar”.
De las fluctuaciones y los traspases entre figuras preexistente y memoria están compuestas las pinturas de Elvira Amor. Las formas introducen pervivencias, pero no son las únicas. Los colores también aventuran recuerdos, la diferencia es que resultan inasibles. Tal vez por ello, la mezcla parece suceder ante nuestro visionado. Observarla permite intuir la cantidad de pigmento y agua aplicada. Recuperar sensaciones, efectos de atención sobre las cosas. Sin embargo, los tramos de amarillo, de azul, de blanco roto, solo inducen introspecciones. Nada de perfiles, de bordes concretos a través del color.
La función visual del discurso promueve subjetividades e invenciones. A través de la memoria, lo conocido da lugar a lo inesperado. Pero no confundamos las superficies pictóricas de Elvira Amor con los engarces visuales que entrelazan los sueños, tampoco con los que promueve el RGB de nuestras pantallas. Por el contrario, de lo que tratan es de evocar de manera deliberada atenciones de alta y baja frecuencia. La guardia que gobierna al cuerpo cuando se detiene frente a algo, pero también cuando no y, aun así, observa.
Del mismo modo que las características de determinadas pinturas revelan que han sido realizadas bajo una luz indirecta que no parece solar, las de Elvira Amor resultan diurnas. Los movimientos son directos, pero no autónomos. Así como las marcas azarosas que cualquier peso dibuja sobre una superficie blanda son producidas por la suma, por ejemplo, de viento, ramas y arena, los trazos pictóricos de Elvira Amor no actúan de manera unitaria. En lugar de concluir, reaparecen y vuelven a empezar. Así una pintura empieza en un papel, continua en un muro, en un libro, en un lienzo mucho tiempo después. Al igual que los recuerdos no son lineales y poco se interesan por la temporalidad de las vivencias. Su elasticidad provoca huecos, elipsis, modos arrítmicos e imágenes acariciantes. Los gestos con muchas versiones de Elvira Amor permiten algo esencial: establecer una comunicación por afuera de las palabras.